Vemos como la actualidad diaria (incluso horaria) devora las noticias una tras otra sin dar tiempo a su digestión intelectual por parte de la opinión pública. No sólo lo urgente se antepone a lo importante, sino que las revoluciones informativas llevan a que se amorticen apresuradamente los anuncios, noticias, y contenidos de todo tipo que los diferentes actores (entiéndase como emisores) emiten de manera constante y apresurada.

Si esta situación, desde el punto de vista de la rentabilidad informativa, es grave en general, en el caso de las políticas públicas lo es mucho más aún. Vemos y oímos como de manera atropellada se suceden informaciones sobre leyes, decretos, normas, decisiones administrativas, etc., y asistimos a su amortización prácticamente inmediata.

Acontecimientos como la pandemia de la COVID-19 y la adopción de medidas para afrontar esa crisis obligaron a los poderes públicos, partidos políticos y a los agentes sociales y económicos a retomar la comunicación de las políticas públicas. Parecía que esta situación había hecho reflexionar a todos esos actores la necesidad de que la comunicación sobre distintos aspectos relacionados con lo público y las políticas volviera a adquirir un papel destacado dentro de la estrategia de la gestión de lo público, de su planificación, decisión e implementación, de la configuración del rol del Estado y del resto de las estructuras administrativas, de la articulación de esas políticas, su ejecución, sus efectos y su evaluación y control, y su corrección si fuera necesario. Incluso parecía que las diferentes administraciones se abrían a la participación ciudadana en las políticas públicas que estaban adoptando mediante procesos comunicacionales, como las redes sociales.

Pero no ha sido así. Una vez superado lo peor de la crisis, los diferentes actores públicos, comenzando por las administraciones, han vuelto a las andadas y ley tras ley, norma tras norma, acuerdo tras acuerdo, caen en el olvido con la misma rapidez con la que han sido creados. De nuevo, su rentabilidad pública y política, además de la económica, tiende a cero porque es imposible obtener retorno de algo que no se comunica o se difunde escasa y deficientemente.

También de esto deberíamos haber aprendido tras la pandemia, pero, como otras muchas cosas, parece que nada hemos asimilado.